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La tragedia del silencio cava en la impunidad
domingo, 07 de diciembre de 2014

 viven

Impunidad y misterio rodea muerte de ecologistas a veinte años

Por Fernando Francia.En diciembre de 1994 murieron, víctimas de un incendio, Oscar Fallas Baldí, María del Mar Cordero Fernández y Jaime Bustamante.

Tres ecologistas y activistas sociales que en la década de los noventa protagonizaron las más fuertes luchas ambientales de su generación y fueron piedra angular de un movimiento social en transición organizativa.

La madrugada del 7 de diciembre, quedó de forma permanente en la memoria de quienes acompañaban a Fallas, Cordero y Bustamante en la Asociación Ecologista Costarricense (AECO) que por entonces ya tenía cinco años y unas cuantas batallas ecologistas ganadas.

Hacía pocas semanas los tres ecologistas, y sus compañeros de causa, habían festejado el triunfo del país frente a una multinacional maderera. 

La Stone Forestal, debido a la presión de AECO y las comunidades de Osa, había desistido de la construcción de un muelle astillero en pleno Golfo Dulce, lo que significó la victoria más importante de los últimos años para la organización.

Importantes intereses político-empresariales se habían tocado en ese entonces.

Tras el incidente, varias investigaciones se comenzaron y ninguna pudo llegar a elucidar los hechos satisfactoriamente para familiares y allegados.

Seis meses después, otro integrante de la misma organización apareció muerto en el Parque de los Mangos, en Zapote: David Maradiaga. Su cuerpo estuvo “desaparecido” durante más de 15 días para después “aparecer” de forma misteriosa en la morgue capitalina.

En los informes policiales a los que hemos tenido acceso, así como relatos de la época de diversas instancias oficiales y privadas, las conclusiones nunca fueron definitivas y esclarecedoras. 

¿El resultado? Un misterio y pocas explicaciones, lo que ha generado un manto de impunidad sobre el caso que cada año que pasa parece perpetuarse con más fuerza.

Algunas investigaciones fueron conducidas por la ya extinta Asociación Ecologista Costarricense (AECO) y, paradójicamente, también abortadas por la propia organización.

Un investigador privado contratado por las organizaciones hermanas de la AECO, relató con detalles minuto a minuto de esa madrugada, reconstruida con diálogos con vecinos y otras investigaciones. El documento, revelado a muy pocas personas fue guardado bajo llave por el presidente de aquel momento de la organización y la investigación nunca fue finalizada.

Para varios de los familiares y allegados de las víctimas esas actitudes de la propia organización sembraron más dudas de posibles intervenciones y hasta infiltraciones en la agrupación ecologista.

El acto quedó impune y cada año sus familiares y amigos los recuerdan casi en soledad.

El poeta de los sueños

Siete meses después del incendio en Guadalupe, David Maradiaga apareció muerto, a sus 27 años. Era escritor, poeta, ecologista, luchador, soñador y enamorado de la vida. Solidario, alegre, de franca risa, de mirada cuestionadora y de palabra certera.

Era integrante de la Asociación Ecologista Costarricense (AECO), organización que ya había perdido, en un muy extraño incendio en Guadalupe, a tres de sus compañeros: el 7 de diciembre anterior, tan solo seis meses antes, murieron Oscar Fallas, María del Mar Cordero y Jaime Bustamante. David murió el 14 de Julio, pero su cuerpo fue identificado por familiares, amigos y compañeros a inicios de agosto, luego de que familiares y compañeros visitaran hospitales, comisarías e incluso la morgue. Ambos incidentes, el de diciembre y el de julio, rodeados de misterios, ocultamientos y engaños. Oficialmente no se habla de asesinato, pero tampoco se dan, de forma certera y creíble, los orígenes del incidente.

La duda y lo que estas cuatro personas significaban para el movimiento ecologista y social permite hablar de mano criminal. A finales de 1994 AECO había ganado una dura batalla contra intereses forestales, madereros y narcos en la zona sur. La Stone Forestal quería construir un muelle astillero en pleno Golfo Dulce. Pero estos cuatro compañeros trascendieron incluso aquella lucha.

Su activismo social, ecologista, político no partidario, pero político en definitiva, iba más allá de una lucha. La lucha de David era por la vida, su lucha era por la autonomía de las comunidades. Su lucha tenía que ver con la libertad, la armonía entre los seres humanos y con su entorno, pero muy especialmente, tenía que ver con los más desposeídos. Los cuatro buscaron, siempre, las oportunidades que se le ha arrebatado históricamente a tanta gente.

David, además de poeta y brillante escritor, era un amigo, amigo de centenares de amigos. Amigos que lo recordamos, que lo extrañamos, que aprendimos, amigos que todavía lo vemos caminar, en forma solitaria en las calles de San José, hablándole a las estrellas o a algún indigente que, a altas horas de la noche, era también su amigo.

David Maradiaga era un ser especial, a los 14 años ingresó, como poeta, a la cofradía (casi se le puede llamar así) de Andrómeda, de la mano de otros poetas malditos, como ya era catalogado David.

Su poesía, firmemente comprometida con la vida, la naturaleza; ácidamente contraria a la hipocresía y al falso pudor del qué dirán, fue premiada, aunque él nunca vio su libro publicado.

David sabía que lo hermoso y grandioso de la vida estaba en algunas pequeñas cosas. Pero también sabía que la única manera de hacer de este mundo un mejor lugar tenía que ver con cambiar, no solo la forma en que se cuida al ambiente, sino, sobre todo, la forma en que deberíamos cuidarnos unos a los otros, toda la humanidad.

En este mundo de impunidad no es posible dejar pasar un muerto más. No es posible quedarse sin siquiera inmutarse por la violencia y la muerte en Honduras. No es posible no reaccionar ante la desigualdad que provoca la riqueza más absoluta y la pobreza más extrema.

David luchaba y escribía y le dolía la injusticia, así como le duele a este mundo tanta impunidad. Quizás sus familiares y compañeros no sepamos nunca la verdad. Quizás a nivel oficial no pueda afirmarse cómo murieron. Lo que si podemos saber y debemos reivindicar, como sociedad toda, es cómo vivieron. Una vida entregada a la lucha, a las causas comunes de los seres humanos y a todas las especies del planeta.

Especialmente a las causas de nuestra propia gente, de Costa Rica. Pasados veinte años, ya es hora de que la sociedad por la que tanto lucharon les reconozca su lucha y si no puede decir cómo murieron, que nos pueda dejar en la memoria colectiva cómo vivieron.

Investigaciones revelaron que narco y empresa estuvieron detrás de asesinato a ecologistas

Pese a que han transcurrido veinte años desde el siniestro que acabó con la vida de tres ecologistas en una casa en Guadalupe, nuevas informaciones siguen saliendo a la luz pública sobre lo sucedido esa noche.

El 7 de diciembre de 1994 murieron en un incendio Oscar Fallas, María del Mar Cordero y Jaime Bustamante. Los orígenes del incendio nunca pudieron ser explicados por las autoridades respectivas con certeza.

Una investigación citada por el activista ecologista Mauricio Álvarez, indicó la presencia de un sospechoso antes, durante y después del incendio en las inmediaciones de la casa siniestrada.

Además, parte de las investigaciones privadas realizadas pocos años después del evento señaló a organizaciones del narcotráfico asociados a la empresa maderera como autores intelectuales de un “atentado”.

Así lo indicó Yamileth Astorga, compañera sentimental de uno de los fallecidos en 1994.

Astorga era integrante de la misma organización que los tres ecologistas que murieron hace veinte años, la Asociación Ecologista Costarricense (AECO) y en la actualidad es presidenta ejecutiva de Acueductos y Alcantarillados.

La AECO había ganado una campaña importante a finales de 1994 contra la Stone Forestal, subsidiaria de Stone Container, que pretendía construir un muelle astillero en Golfo Dulce, zona sur del país.

Jorge Polimeni, también integrante de la Asociación en ese tiempo, fue tajante: “no nos quedó duda de que fue un salvaje asesinato”.

El biólogo, recordó que la intención “no era sólo contra ellos. Era contra una AECO que agrupaba apenas a unos veinte colegas que festejaríamos esa noche, en esa casa, el fin de un año repleto de trabajo y de victorias”.

Sin embargo, la fiesta se suspendió y el único que no fue avisado fue Bustamante quien corrió la misma suerte que los dueños de casa Fallas y Cordero.

Polimeni recordó con crudeza que pudo saberse que “María forcejeó para abrir una puerta y no lo logró”, y apareció muerta en el pasillo de salida.

Paradójicamente, las investigaciones oficiales posteriores determinaron que la puerta no tenía llave.

Por otro lado, relató Polimeni, “Oscar y Jaime, los que nunca paraban, los mismos que podían amanecer en Osa y dormirse en San Carlos, ni siquiera se movieron de sus camas”, según las investigaciones oficiales.

La documentación de las investigaciones paralelas, realizadas por AECO, se guardó con mucho recelo y con acceso a muy pocas personas, “por seguridad”, según se dijo en la organización en aquél momento.

Sin embargo, el pasar del tiempo vio truncadas muchas de las investigaciones por acción u omisión de algunas de las personas directivas de la Asociación.

AECO había recibido donaciones de organizaciones hermanas en otros países de América Latina para realizar las investigaciones privadas, pero una parte de esos fondos fueron destinados a otras actividades de la organización.

De esa manera, se limitó la acción investigativa de la propia organización para sorpresa de familiares y amigos de Fallas, Cordero y Bustamante.

Astorga no dudó en subrayar el indicio de las investigaciones a las que ella tuvo acceso parcial en aquella época.

“Lo que se pudo constatar es que el atentado había sido organizado por el narco asociado con la empresa”, dijo Astorga, quien participó muy de cerca de la campaña en aquellos años.

“Era una forma de cortar cabeza, no solamente por la lucha que se dio allá sino porque se había anunciado la lucha en contra de la minería de oro”, denunció Astorga.

La AECO, aún antes de terminar la campaña contra Stone Forestal en la zona Sur, ya había comenzado los primeros contactos para iniciar una campaña en la zona Norte que más tarde se convertiría en emblemática: “no a la minería de oro a cielo abierto”. Era el año 1994.

La Asociación Ecologista Costarricense (AECO) fue fundada en 1988 por un grupo de personas preocupados por el modelo de desarrollo impuesto en aquella época que maltrataba la naturaleza y a las personas.

Jorge Polimeni relató que en esa época se fraguaba un movimiento ambiental, que combinaba lo social, lo económico y lo ambiental, incorporado en la corriente del “ecologismo social”.

A inicios de los noventa, el puntapié de la campaña contra la empresa Stone Forestal fue la convicción de que había que “pasar de las palabras a los hechos”, relató Polimeni.

La crítica hacia un modelo desarrollista y destructor de la naturaleza en lo teórico debía complementarse con una campaña de acción.

“Ahí fue la decisión de empezar a diseñar una campaña en donde realmente lo social, lo económico y lo ambiental se fundieran en un solo tema y elegimos tres o cuatro diversas posibilidades de campaña, la que finalmente la directiva de la Asociación Ecologista aprobó para que hiciéramos fue la de la Stone Forestal”, recordó Polimeni.

El ecologista destacó que “la campaña contra la Stone Forestal fue una victoria rotunda, lo terrible es que el triunfo de la campaña no se pudo festejar nunca. Pero el objetivo de la campaña lo logramos. Hoy no están instalados ni el muelle ni la planta productora de chips de melina y teca”.

El 9 de setiembre de 1994 la Contraloría General de la República no refrendó el convenio marco entre la empresa y el Estado, lo que marcó el final y la victoria ecologista de la campaña.

La organización festejaba su reciente victoria cuando, en la madrugada del 7 de diciembre, una casa en llamas marcaba el fin de las vidas de los tres dirigentes de la victoriosa AECO.

Astorga resaltó que detrás del modelo de desarrollo y de la forma en que se acallan las voces disidentes, como la de los tres ecologistas muertos, existe “un cambio muy fuerte sobre el tipo de sociedad que teníamos en Costa Rica a la que sobrevino pocos años después”.

Era la época en que se fue transformando la Costa Rica de pequeños propietarios, del campesinado, hacia la transformación a grandes trasnacionales y el modelo netamente exportador.

“No solo era la parte ambiental sino que incorporaba un cambio social y económico que se estaba introduciendo al país”, relató Astorga.

La AECO, argumentó la bióloga y activista ambiental, ponía en riesgo esa transformación.

La amenaza de la campaña de victoriosa de AECO estaba relacionado en que se colocaba una lupa sobre una región que, se confirmaría más tarde, sería puerta de entrada para el narco en el pacífico sur del país.

“Se ponía la lupa en una región en donde ahora vemos que está tomado por el narco. Era un lugar estratégico para la entrada y el ingreso de la droga. Tenía muchísima lógica que eso ocurriese”, señaló Astorga en referencia al atentado del 7 de diciembre.

Otras investigaciones reveladoras

Además de los estudios e investigaciones relatados por Astorga, uno llamó mucho la atención a Mauricio Álvarez.

Álvarez era un joven estudiante y recientemente reclutado al programa de Juventud de la AECO cuando participaba de la campaña contra la Stone Forestal.

Años después pudo rescatar de una vieja computadora una correlación de hechos realizada por un investigador privado pagado por la propia AECO.

“Lo que podía verse claramente –anunció Álvarez– es que hubo eventos misteriosos antes, durante y después del incendio”.

El investigador concluía que había sido un evento con mano criminal, tanto por la forma de expandirse el fuego en la casa como por la presencia de personas ajenas al vecindario en los alrededores del inmueble esa misma noche.

El documento señalado por Álvarez destacó que “una persona estuvo durante todo el lapso de tiempo afuera de la casa, merodeando, según relataron testigos directos al investigador”.

“Testigos dijeron haber visto a un sujeto, pero después nadie lo corroboró, ni le dio seguimiento. Las investigaciones oficiales no corroboraron esta situación”, relató Álvarez.

Además, la investigación privada señaló que había relación entre los cuerpos de seguridad privado de la Stone Forestal con un grupo de inteligencia y seguridad empresarial que apoyaba a empresas trasnacionales, entre otras cosas.

“Lamentablemente todos estos indicios fueron abortados y las investigaciones detenidas”, dijo el activista ecologista que aún hoy milita en las filas ambientalistas.

“Se puede decir que todas esos temas mal manejados fueron causa de la división de AECO, nunca se esclarecieron y nunca se dio una respuesta contundente a todo lo que pasó”, concluyó.

Veinte años después de este capítulo oculto de la historia costarricense es cada vez más difícil retomar investigaciones o indicios sobre lo sucedido.

Lo cierto, para las personas allegadas, familiares y compañeros de luchas ambientales y sociales de la época, es que los hechos no fueron esclarecidos y el manto de silencio de las autoridades confirma las sospechas, fundadas en investigaciones privadas, de un origen criminal del evento del 7 de diciembre de 1994.

Mártires ecologistas dejaron huella en varias generaciones

La huella de Oscar Fallas, María del Mar Cordero y Jaime Bustamante quedó indeleble en la memoria de costarricenses que asumieron las banderas de lucha que ellos llevaban.

No solamente en sus compañeros de la organización a la que pertenecían, la Asociación Ecologista Costarricense (AECO), sino en mucha gente más de diversas generaciones.

Conversamos con varios de ellos para conocer parte del legado que los tres “mártires ecologistas de Costa Rica” dejaron en quienes estuvieron activos o se mantienen en las luchas ambientales.

Tres de sus compañeros de generación y de acción en la AECO, Yamileth Astorga, Gabriel Rivas y Jorge Polimeni, mantienen intactas anécdotas, alegrías y tristezas.

Fueron activistas de la asociación y participaron junto a Fallas, Cordero y Bustamante de proyectos de conservación, campañas y otras actividades.

Para Astorga es interesante cómo parece que “no hubiera pasado el tiempo. Las luchas que tuvimos en esa época se asemejan mucho a las luchas que tenemos actualmente en el país. Grandes empresas y corporaciones queriendo venir al país a explotar recursos naturales a costa de grandes impactos”.

Astorga recordó, especialmente a Jaime, quien fuera su compañero sentimental, además de compañeros de lucha.

“Jaime fue un gran emprendedor y un gran enamorado de la vida, la justicia, la palabra y de la belleza escénica. Un gran luchador. Era un tipo muy capaz para preparar documentos, preparar contenidos, para dar capacitación y educación”, recordó Astorga.

Por su parte, Gabriel Rivas, comentó que su presencia física está muy presente. 

Para Rivas su lucha “que se inicia a finales de los años ochenta, con la antigua AECO, tiene absoluta actualidad hoy”. 

Rivas, biólogo y naturalista, sostuvo que la crisis alimentaria, financiera, ambiental, fue denunciada por ecologistas desde hace varios años. 

“Lo que ellos denunciaban se ve totalmente confirmada ahora con las crisis globales que hoy vemos del modelo desarrollista”.

Varios documentos impresos, incluido un esbozo de “historia ambiental” del país de Oscar Fallas, quedaron como legados, donde se comprueba su visión crítica al desarrollismo y al modelo capitalista destructor de la naturaleza.

Para Jorge Polimeni, cada uno de ellos dejó aportes diferenciados e importantes a sus compañeros. 

“Por un lado Oscar tenía la capacidad extrema de involucrar gente, de liderar procesos y liderar movilizaciones. Era, además, un pensador profundo. María era la persona sistemática, dentro del grupo de AECO. Tenía la capacidad de darle mucha coherencia al trabajo. El flaco Jaime, con su perspectiva siempre holística y su análisis visto desde la teología y la movilización de las personas, nos aportaba un talento espontáneo, una capacidad de sintetizar una discusión grande en una sola frase”.

Polimeni recordó también a David Maradiaga, quien murió seis meses después en circunstancias también sin explicar. 

“David era talento poesía, dinamismo, energía y capacidad de involucrar gente y capacidad de trabajar incansablemente”.

La acción emblemática de la AECO de inicios de los años noventa fue en la Zona Sur. Allí fue donde se trabajó la campaña contra la Stone Forestal que pretendía construir un muelle astillero en el Golfo Dulce.

La práctica organizativa en la AECO era la movilización de las comunidades, el trabajo conjunto con la población local.

Marielos Aguilar, habitante de Puerto Jiménez, en la Zona Sur, participó de esa campaña exitosa de los años noventa.

Para Aguilar los tres compañeros sembraron una importante semilla.

“Al quedar en mucha gente esa semilla, de ese legado de ellos, eso permite que haya ahora personas muy comprometidas con el medio ambiente, gente que cree que deben conservar, luchar, por mantener los recursos naturales, los derechos de las personas”.

Además, Aguilar recordó que siempre se integraba gente joven, niños incluso, en el trabajo comunitario. 

“Es bonito recordar que cuando nosotros estábamos en los trabajos comunitarios se integraban niños niñas y hoy muchos de esos niños están convencidos que la protección del medio ambiente es vital”.

Algunos de esos jóvenes ahora han tomado liderazgos en luchas particulares, como en contra de las marinas en la zona sur, o campañas nacionales como la petrolera, la minera o los transgénicos.

Una camada de jóvenes, de menos de veinte años, fueron aprendices netos de Fallas, Cordero y Bustamante.

Es el caso de Alicia Casas, Grace García y Mauricio Álvarez, activistas ecologistas que se integraron al Programa de Juventud de AECO a inicios de los años noventa.

Ellos tres, junto a decenas de otros jóvenes, recibieron directamente de las manos de sus tres “mentores” la idea de lucha ecologista y de relación entre lo social y lo ambiental que plantea la “ecología social”, corriente de pensamiento en la que se inscribió la AECO.

Álvarez recuerda emocionado siempre las palabras y las acciones de aquellas personas que, a su juicio, fueron maestros de vida.

“Cada uno daba algo propio, pero todos se entregaban completos en la lucha y en la relación con sus iguales”. 

“Trabajamos hombro a hombro, sin distinción de jerarquías cuando había que trabajar. Aunque era muy claro que la voz de Oscar, por ejemplo, siempre era una voz de aliento y de entusiasmo para seguir adelante”.

“Podríamos decir que David daba irreverencia y poesía. Jaime daba conocimiento y fe. Oscar daba fuerza y compromiso. María comprensión y sagacidad”, recordó Álvarez.

“Todos juntos nos complementaban a nosotros los jóvenes y formaban un equipo que parecía invencible en ese momento”.

El legado de Fallas, Cordero y Bustamante fue más allá del aporte a la gente que trabajó o participó de luchas con ellos.

Muchas personas de las que hoy se encuentran activos en los movimientos ambientales o por los derechos humanos fueron tocados por la inspiración de quienes murieron ese 7 de diciembre.

Fabián Pacheco y Eva Carazo, son ejemplo de ello. Sin haberse relacionado con los tres considerados mártires, mantienen la vigencia de su pensamiento en su vida cotidiana.

Pacheco, activista ecologista, ha liderado, en la Asociación de Ecología Social (AESO, una de las organizaciones emanadas de la disolución de AECO) y Bloque Verde (un colectivo ecologista horizontal), luchas contra los transgénicos, empresas petroleras y ha participado en las luchas antimineras y otras.

Para Pacheco tanto Fallas como Cordero y Bustamante, y también Maradiaga, inspiraron la tenacidad y también la conceptualización de la lucha ambiental pegada a la lucha por los derechos humanos y la acción social.

“Si bien a mi se me incorpora la cuestión ambientalista desde pequeño, en mi casa, es con el ejemplo de Oscar, María, Jaime y David, que retomo fuerzas y conciencia para dar las luchas que damos”.

Similar pensamiento tiene Eva Carazo, quien aclara que no los conoció, ni entró a las luchas ecologistas por ellos. 

“Me los encontré, su historia, sus palabras, su ausencia que es una presencia constante, ya estando, y me duelen siempre. Por alguna razón me hacen mucha falta, aún sin haber coincidido en el tiempo”. 

El 7 de diciembre seguirá siendo, para ellos y mucha gente más, un mojón en la historia, una fecha que compromete a seguir la lucha.

Ana Beatriz Hernández, activista ambiental y social desde la lucha contra el Tratado de Libre Comercio, ha recibido la presencia de esas personas “en los corazones de la gente que estuvieron con ellos en la lucha”.

“Esa presencia ha ido tomando más fuerza y trascendencia, no solo para mí como activista, sino para muchas más personas que se fortalecen de su ejemplo de entrega”. 

Hernández dijo que “no son solamente pilares de la lucha ecologista sino que además desafían a la amnesia colectiva e invocan a una memoria histórica urgente en nuestra sociedad costarricense”.

“Los compañeros de AECO inspiran a honrarlos de la manera más digna: la lucha y la resistencia; la negación al olvido”, concluyó Hernández.

Varias generaciones de activistas han sido influenciados por el legado de Oscar Fallas, María del Mar Cordero y Jaime Bustamante.

Es significativo el recuerdo de Mariana Porras, una niña en los años noventa habitante de Los Guido, quien recibió talleres, capacitaciones y otras actividades con un proyecto desarrollado por AECO y liderado por Jaime Bustamante.

“Nos cambió totalmente el ritmo de vida que llevábamos en Los Guido, donde había poco o nada qué hacer. Cuando ellos llegaron nos cambió totalmente la visión de las cosas. Era bonito sentirse importante para un grupo de gente que venía de San José y nos mostrara todas esas cosas”, recordó Porras.

“Queda una con una visión mucho más crítica de todas las cosas. Aunque muchos no están en el movimiento ecologista, están en movimientos locales, y siempre recuerdan la AECO. Eso quedó ahí y no se puede borrar”, agregó Porras.

Tanto sus compañeros de generación, como los jóvenes que formaron directamente, como otros más jóvenes que crecieron en la lucha ambiental escuchando sobre el legado de Oscar Fallas, María del Mar Cordero y Jaime Bustamante, así como nuevas generaciones de activistas insistieron en la importancia del legado de esos luchadores sociales.

Jorge Polimeni dijo que es importante generar “un elemento palpable del recuerdo y el legado de los compañeros”.

“La creación de un monumento a la lucha ecologista y a su memoria, porque lo importante de todo esto, y la forma en que los mantenemos vivos, es en el recuerdo y en la constante lucha que tantos llevamos adelante, después de 1994, en su nombre”.

La memoria de las luchas sociales y de quienes las impulsaron o motivaron a otros para hacerlo de la manera en que lo hicieron los cuatro compañeros muertos de la Asociación Ecologista Costarricense, es parte de la acción necesaria en una sociedad que cada vez más es cortoplacista y con flaca memoria histórica.

Mancha para siempre

La crónica roja tiene en sus archivos notas sobre un incendio en Guadalupe, un siete de diciembre de 1994. Aunque en algunos de los textos de la época puede leerse que se trataba de ecologistas, con alguna breve reseña sobre sus luchas y logros, no fue suficiente como para que la memoria colectiva del país guardara esa tragedia como un acto de amedrentamiento al movimiento ecologista y social.

El silencio se impuso, a pesar de un grupo de memoriosos que insiste, año tras año, en reclamarle a la historia el lugar que estos hechos merecen.

Para muchos la palabra accidente ya no puede ir asociada a un acto de tal injusticia, como fue la muerte de los ecologistas de la AECO. Las sospechas se han ido confirmando al pasar de los años, mientras la impunidad continúa cabalgando a sus anchas.

Oscar Fallas, María del Mar Cordero, Jaime Bustamante y David Maradiaga eran militantes y dirigentes de la hoy extinta AECO, pero la hoja de vida de esos luchadores se extendía más allá del ecologismo.

El silencio, nuevamente, se impondría sobre la memoria y reforzaría su carácter de tragedia. Tal como rezaba un grafitti en pleno San José, ya hoy borrado por el tiempo, “San José germina en la tragedia del silencio”.

Con la gente

AECO practicaba una estrategia de lucha exitosa que combinaba el activismo, la coordinación entre organizaciones, la búsqueda de organicidad entre la comunidad, la generación de conciencia entre los pobladores que, en definitiva, le darían legitimidad a todo el proceso y el apoyo internacional.

Hoy esa estrategia es utilizada en innumerables campañas en el mundo entero, con mayor o menor eficacia, con mayores o menores resultados, pero siempre con la mística de quienes emprenden luchas desde el corazón y la razón. Desde el amor por la vida y el amor por el planeta y su gente.

La lucha de Oscar, María del Mar, Jaime y David sigue viva, porque en cientos de costarricenses su memoria está presente y porque en cada lucha ecologista de este país su legado deja huella. Una memoria que a diario se transforma en lucha porque el trabajo no está terminado.

Mientras haya injusticia social, mientras haya destrucción ambiental y mientras la desigualdad y la impunidad sigan campeando en esta sociedad y mientras el silencio siga tornándose en tragedia, alguien que haya tomado la bandera de sus manos seguirá luchando.

Victoria final

Habían ganado varias campañas, principalmente contra la Stone Forestal, que pretendía construir un muelle astillero en Golfo dulce. Con su lucha se había destapado una serie de enredadas tramas empresariales y políticas en la zona.

La crónica roja tiene en sus archivos notas sobre un incendio en Guadalupe un siete de diciembre de 1994. Aunque en algunos de los textos de la época puede leerse que se trataba de ecologistas con alguna breve reseña sobre sus luchas y logros, no fue suficiente como para que la memoria colectiva de un país guardara esa tragedia como un acto de amedrentamiento y una de las más atroces señales de que no se permitiría, en la pacífica y tranquila Costa Rica, atrevimiento como el que este grupo de personas podía prometer.

Para muchos la palabra accidente ya no puede ir asociada a un acto de tal injusticia como fue la muerte de los ecologistas de la Asociación Ecologista Costarricense (AECO). Las sospechas, más que desechadas, se han ido confirmando al pasar de los años mientras la impunidad continúa cabalgando a sus anchas.

La hoja de vida de esos luchadores, Oscar, María del Mar, Jaime y David, se extendía más allá de la AECO y podía pasar por ocupaciones de tierra, negociaciones con el gobierno, articulación de movimientos reivindicativos, creación de plataformas de coordinación popular.

Ese año 1994, había sido uno muy activo para la AECO. La campaña contra la Stone Forestal ya había terminado. La oposición al muelle astillero en el Golfo Dulce era una victoria. Desde el histórico “campo pagado” (publicidad en periódico impreso) en que se le preguntaba al entrante presidente de la República, José María Figueres, sobre la prioridad que tendría su gobierno respecto a la defensa ambiental, instándole a suspender la realización de ese muelle; hasta la histórica campaña llevada adelante por las comunidades de la zona sur que supieron ver la importancia de la lucha organizada por sus derechos.

Una estrategia de lucha exitosa que combinaba el activismo, la coordinación entre organizaciones, la búsqueda de organicidad entre la comunidad, la generación de conciencia entre los pobladores que, en definitiva, le darían legitimidad a todo el proceso.

AECO no emprendió una lucha en solitario para ganar un galardón internacional. Prefirió hilar entre la gente, buscar a las organizaciones vivas de las comunidades que serían afectadas por el gran impacto ambiental y social de la actividad maderera que se daría en la zona. La estrategia fue trazada con cientos de horas de reuniones, viajes al sur, conferencias, estudios, coordinación.

Hoy esa estrategia es utilizada en innumerables campañas en el mundo entero, con mayor o menor eficacia, con mayores o menores resultados, pero siempre con la mística de quienes emprenden luchas desde el corazón y la razón. Desde el amor por la vida y el amor por el planeta.

Su lucha sigue viva, porque en cientos de costarricenses su memoria está viva. Una memoria que se transforma en lucha. Mientras haya injusticia social, mientras haya destrucción ambiental y mientras la desigualdad y la impunidad sigan campeando en esta sociedad, alguien que haya tomado la bandera de sus manos seguirá luchando.

En breve

Oscar Fallas. Dirigente, movilizador y articulador, una personalidad de gran carisma. Su huella, su enseñanza galopa hoy por cientos de personas que aprendieron con él que los sueños hay que empujarlos para que sucedan. Oscar hilaba entre el movimiento social hacia una lucha articulada, movilizadora. Su trabajo fue siempre una forma de organización desde abajo, que lograba la movilización de la gente que lograba identificarse y apropiarse de las luchas.

María del Mar Cordero. Una de las mujeres de fuego, de esas que encienden pasión y con ella emprende sus luchas y reivindicaciones. Tenía una especial forma de acompañar procesos, en donde los verdaderos protagonistas pudieran llevar adelante la búsqueda de una mejor vida, de las soluciones a su medida, colocando la participación local como uno de los valores fundamentales.

Jaime Bustamante. Soñador y poeta, maestro y motivador. Su entendimiento con los más jóvenes lo llevó a ser el mentor de una camada de muchachos y muchachas que, ya sea en Desamparados o en la zona Sur, lleva ahora su liderazgo, su poesía y su motivación dentro de sí mismos. Jaime siempre aportaba ese condimento que hacía falta para cuajar el cambio personal y colectivo.

David Maradiaga. Activista, poeta, luchador. Un incitador a la irreverencia, un escritor de futuro en cualquier copa. Logró comprometer la poesía con su lucha y su lucha con la poesía. Su risa ancha, su aguda mirada y su profundo humanismo podían echar andar cientos de motores en quien haya podido compartir algunas horas de reflexión, de poesía o de charla de trasnoche. Su ímpetu y fuerza vivaz continúan siendo inspiración para toda una generación.

 

 
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