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Amargura de la piña tica
jueves, 18 de junio de 2009
 Carlos Arguedas Mora* En un interesante artículo (14 de Julio del 2008, sección Opinión de La Nación) don Abel Chávez Trigueros, de CANAPEP, nos presentaba la bondades de la piña en Costa Rica y la amargura, según él, de los que no compartimos su generosa visión de esta fruta tropicalNos dice don Abel: “La piña no ha venido a desplazar nada ni a nadie, sino a brindarle una nueva opción al desarrollo de una economía, que necesita surgir de manera sostenible, para el beneficio de todos sus habitantes.” Debiera entonces explicar don Abel donde están ahora los pequeños productores que en el pasado inundaban de maíz, frijoles, arroz, tubérculos y frutas estos suelos fértiles en los que se ha sembrado piña, y por qué hoy ya no lo hacen, agravando los efectos de la crisis alimentaría en el país y su dependencia alimentaria.Miles de pequeños productores han vendido sus tierras o parcelas a las voraces empresas piñeras. 
En algunos casos, al que no quiere vender simplemente se le instalan plantaciones muy cerca, afectando sus cultivos así como a los animales domésticos (los piñales provocan plagas de moscas hematófagas que diezman el ganado lechero de fincas cercanas), por lo que se ve obligado a salir de la zona, y vender a quienes insaciablemente compran tierras para sembrar piña.
Si los efectos de la piña fueran tan positivos para las comunidades y si los compromisos ambientales de las empresas piñeras fueran la hermosa realidad que describe don Abel, entonces ... ¿por qué se habrán reunido cuatro días después de publicar el artículo don Abel, en Siquirres, la ministra de Salud y la Defensora de los Habitantes con el Tribunal Ambiental, AyA, el IRET (de la UNA), varias ONG y comunidades afectadas? ¿Por qué será que en un reciente Manifiesto Público en Defensa de la Naturaleza firmado por más de 70 entidades nacionales se solicita “el establecimiento inmediato de una moratoria sobre nuevas extensiones de plantaciones dedicadas a la producción de la piña en zonas de alta biodiversidad como Sarapiquí, Guácimo, Siquirres, San Carlos y de alta precipitación (San Carlos), dada la elevada contaminación y profunda erosión que causa este tipo de producción”?

Hay cosas que el sector piñero está diciendo aquí y en Europa sobre la piña costarricense, pero los que a diario convivimos con las plantaciones de piñas, exponiendo nuestros seres queridos y nuestros mismos cuerpos a toda clase de plaguicidas, respirando químicos (uno con olor a cebolla que en Pital o en Horquetas de Sarapiqui respiran incluso los niños en sus aulas) tenemos otra perspectiva. No se trata de que se vayan las piñeras, por supuesto que no, sino de que adecuen sus métodos de cultivo en estricto apego a las leyes laborales y ambientales de este país, y que aseguren la sostenibilidad de este tipo de producción desde el punto de vista ambiental, sin provocar la erosión que están provocando, sin afectar los mantos acuíferos. Y que las futuras generaciones de costarricenses podamos disfrutar de la misma prodigiosa naturaleza con la que Dios bendijo esta tierra. Es esto lo que pedimos, y creemos que los grandes beneficios que genera esta actividad perfectamente pueden ayudar a mejorar sustancialmente las condiciones laborales de los operarios en las plantaciones de piña, y a este sector a buscar formas más amigables con la naturaleza.

Estos compromisos ambientales existen en el papel: fueron objeto de un acto solemne en Casa Presidencial el 5 de junio del 2008 para celebrar el Día Mundial del Medioambiente ¡Vaya símbolo que envía al mundo el Gobierno de Paz con la Naturaleza para celebrar esa fecha, reuniéndose en Zapote con la Cámara Exportadora de Piña!

Entre esos compromisos figura la “responsabilidad social y ambiental”, que forma parte de ese doble discurso que usan los piñeros. Efectivamente, hay una responsabilidad de esas empresas que representa don Abel aún no asumida en cuanto a compensar los daños que sufren las comunidades, tanto por la contaminación de los ríos, nacientes y quebradas, como por la plaga de moscas que tienen a las comunidades al borde de la quiebra.

Ya llevamos un año de tener más de 6.000 personas viviendo una verdadera tragedia tomando agua de camiones cisternas del AyA.


* Presidente de la Asociación Ambientalista de Siquirres, secretario de Salud Ocupacional del Sindicato SITRAP.
 
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